El Instituto Zorrilla: un sueño hecho realidad

DE LA HOSPEDERÍA DE SANTA CRUZ AL CORRALÓN DE SAN PABLO

Autor: Antonino González Fernández (Profesor jubilado del I.E.S. Zorrilla)


I. EL SUEÑO


Valladolid en el comienzo del reinado de Isabel IIª, después de la Regencia de Espartero, con un gobierno moderado, presidido por Narváez, empieza a desperezarse de un largo letargo que arrastra desde el siglo XVII, con motivo del traslado de la Corte de Felipe III a Madrid. La ciudad conventual y religiosa , empujada por un sector de la burguesía que ve en la incipiente industria y en la actividad comercial las palancas básicas del despegue, da un paso decisivo hacia la modernidad.

En el Valladolid plagado de iglesias y conventos, empiezan a aflorar las fábricas de harinas, las industrias textiles, los talleres de la Renfe, coincidiendo con el nacimiento de un periódico como el Norte de Castilla, que se convertirá en el decano de la prensa española. Lenta pero decididamente, Valladolid quiere mirar hacia delante, transformándose desde dentro y proyectándose hacia fuera. Ahí radica el interés mostrado por una todavía balbuciente burguesía, que está empeñada en dinamizar la vida de la ciudad.

Así es como se inicia, a pesar de las dificultades y las carencias, dentro de un clima poco propicio a favorecer la cultura, un nuevo diseño de la Instrucción, que cristalizará en el Instituto de Segunda Enseñanza, auténtico vivero para generaciones de estudiantes y después universitarios.

El año 1845 se desliga la enseñanza secundaria de la universitaria mediante un decreto del entonces ministro de la Gobernación, D. Pedro José Pidal, que responde al llamado “Plan Pidal”. Aquí se inicia la reforma educativa de la década moderada (1844-1854), cuyo protagonista es Ortiz de Zárate, como responsable de la Instrucción Pública. Nos encontramos ante el nacimiento de los Institutos en España. Sin embargo, todavía no tienen autonomía, porque surgen como agregados a la Universidad e inscritos en la Facultad de Filosofía y Letras.

En el caso de nuestro Instituto, a pesar del reajuste de espacios y de aulas en la Universidad, el incremento de matrícula obligó a ubicarlo en la Hospedería del Colegio de Santa Cruz el año 1849, tal como queda recogido en el Diccionario de Pascual Madoz cuando describe lo relativo al Colegio de Santa Cruz: “ ... tiene espaciosas salas, encontrándose en una de ellas la biblioteca provincial, el Museo y en su parte accesoria el Instituto de Segunda Enseñanza” (Pascual Madoz: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico. Valladolid, Edición Facsímil. Ámbito, 1984, pag. 204).

Más adelante hace una descripción más pormenorizada al hablar de los Centros de Instrucción Pública:

“ Instituto de segunda enseñanza. Después de muchas vicisitudes porque ha pasado, se ha establecido definitivamente en la hospedería del antiguo Colegio de Santa Cruz, de que tomó al efecto posesión, el rector de la Universidad literaria en 12 de julio de 1849: el edificio tiene un atrio de 150 pies de longitud por 100 de latitud; su forma es un paralelogramo cercado a dos costados por el edificio del Museo provincial, al otro por el frente del Instituto, y por la entrada con una verja de madera colocada sobre un zócalo de mampostería, en cuyo centro hay una gran puerta de hierro; en el interior se halla un patio cuadrado con galería, 4 cátedras y espaciosas y claras, cuarto de descanso para los profesores, habitación para el portero, cuarto de corrección y otras oficinas necesarias. Concurren al Instituto 251 alumnos, y se da en él la enseñanza prevenida en el plan de estudio vigente” ( P. Madoz, op. cit.pag.208).

Desde 1849 hasta 1901 en esta Hospedería de Santa Cruz se desarrollará la actividad docente de varias generaciones.

El 9 de septiembre de 1857 vio la luz una de las leyes educativas más importantes de la España contemporánea, la “Ley Moyano”, que supuso un revulsivo en toda la Instrucción Pública y, especialmente, en lo que atañe a la enseñanza media. Es a partir de entonces cuando el Instituto se emancipa de la Universidad y consigue la mayoría de edad. Esto explica que en la conmemoración aparezca los 150 años, aunque la separación real se produjo al finalizar el curso 1858-1859.

La ley Moyano supuso la consagración definitiva de los Institutos, manteniendo su división en varias clases de acuerdo con la entidad de la población. Habrá un Instituto en cada provincia que abarque los estudios generales y los de aplicación. Los gastos de mantenimiento de los centros y del personal correrían a cargo del presupuesto provincial. Por otra parte, la ley determina que “el jefe superior de Instrucción Pública en todos los ramos, dentro del orden civil, es el ministro de Fomento. Su administración central corre a cargo de la Dirección General de Instrucción Pública, y la local está encomendada a los rectores de las Universidades, jefes de sus respectivos distritos universitarios”. Esto explica el por qué los centros de segunda enseñanza no solamente estaban adscritos a la Universidad sino que las consultas y las decisiones pasaban por el rector de la Universidad, hasta la autonomía total de los Institutos.

La nueva andadura pasó por muchas vicisitudes porque la vieja Hospedería no reunía las condiciones adecuadas para impartir con normalidad las clases. Pero el entusiasmo, la dedicación y el espíritu del profesorado hizo posible que muchas generaciones de estudiantes, en medio de la precariedad, salieran preparadas para continuar los estudios universitarios.

Durante varios cursos las asignaturas de carácter experimental, como la Física y Química y la Historia natural, se siguieron impartiendo en la Universidad para aprovechar los laboratorios, de los que no disponía la Hospedería. Al finalizar el curso 1865-1866 se desliga definitivamente el Instituto de la Universidad.

Ni el edificio, ni el material del que se disponía satisfacían al Claustro de Profesores, que ya comenzó a demandar otro edificio más acorde con las necesidades educativas, pero tuvieron que pasar décadas para que este deseo se convirtiera en realidad, a pesar de que el año 1868 la Diputación Provincial de Valladolid cedió los terrenos que serán el solar del futuro Instituto, conocido como “el corralón de San Pablo”.

A pesar de todas las deficiencias, por la vieja Hospedería pasó una pléyade de profesores que marcaron una época, precisamente coincidiendo con el espíritu reformista. Y como ejemplo queremos resaltar la figura de D. Ricardo Macías Picavea, catedrático del Instituto desde el año 1878 hasta 1899. Es uno de los exponentes del regeneracionismo, que se afanó en buscar los remedios a los problemas de España. Para él, la educación estuvo en el punto de mira como problema y como solución. En su obra “El problema nacional” habla de las condiciones precarias de la enseñanza y dice textualmente de la segunda enseñanza: “nuestros famosos institutos son cualquier cosa menos centros de educación y enseñanza. La mayor parte tienen por casa viejos edificios de cuatro salas, tal cual pasillo o galería y algún mediano corral abierto, o no, a la calle”. Y en lo que se refiere a los medios sigue diciendo: “En cuanto a bibliotecas, museos, laboratorios, colecciones... no se hable; de medios, instrumentos y recursos para prácticas, excursiones y visitas.... tampoco se hable; de gimnasios , campos de juego, salones o galerías de descanso se hable menos. O, de otro modo, la acción educativa se halla reducida a cero en la segunda enseñanza: menos, si cabe, que en la escuela”.

Este panorama desolador tiene su explicación desde la postura y la visión de un grupo de personas que bebieron en el krausismo primero, después echaron las bases de la Institución Libre de Enseñanza y vieron en la corriente regeneracionista la única salida que tenía España hacia la modernidad desde la educación. Trataron de hacer realidad el sueño de aquellos ilustrados del s. XVIII, como Jovellanos, que ya hablaban de la educación como la palanca básica para el desarrollo de un país.

Macías Picavea acaba su vida y su etapa como docente en la vieja y destartalada Hospedería de Santa Cruz, ya que muere el año 1899. Cuánto hubieran disfrutado, él y otros compañeros de Claustro, al ver que el nuevo Instituto se convertía en realidad el año 1907. No nos cabe la menor duda, que desde la Hospedería aquel plantel de profesores, con esfuerzo, ilusión y coraje, hicieron todo lo posible para que Valladolid contara con un Instituto de segunda enseñanza donde se pudiera enseñar con dignidad.


II. VICISITUDES Y AVATARES


A finales de siglo la vieja Hospedería presentaba el aspecto de un caserón en ruinas, con goteras, grietas, paredes que se derrumbaban. En el verano de 1900, tal como lo describe D. Policarpo Mingote, se presentaba ya con muchas dudas la posibilidad de iniciar el curso con unas mínimas garantías. El curso comenzó con normalidad, pero las lluvias otoñales dejaron su impronta en las viejas paredes y la techumbre, hasta el punto de que en el mes de enero de 1901, cuando los estudiantes van iniciar el trimestre, se encuentran con las aulas inundadas y parte de los muros en el suelo. En esas condiciones había que tomar la decisión de cerrar el Centro. Esta decisión la toma el Sr. Rector de la Universidad, a propuesta del Claustro de Profesores y habiendo comprobado con el arquitecto provincial, D Teodosio Torres, el estado ruinoso del edificio.

Esta situación no arredró a un diligente Claustro, que en poco tiempo hizo un reajuste del horario, se lo presentan al Sr. Rector y el 18 de enero se reanudan las clases en el segundo patio de la Universidad, con otros anexos que se buscaron para que los alumnos pudieran continuar sus clases. Es, una vez más, D. Policarpo Mingote, director del Centro, el que nos relata la buena acogida que tuvieron por parte del profesorado de la Universidad, con una expresión digna de recordar: “somos las Facultades como los hermanos mayores; el Instituto el hermano pequeño; la Universidad, la madre de todos”.

En medio de muchas vicisitudes lograron acabar el curso, pero los espacios no daban más de sí. Por si fuera poco, el 17 de agosto de 1901, el ministro de Instrucción Pública, D. Álvaro Figueroa, conde de Romanones, introduce en el plan de estudios de segunda enseñanza la asignatura de Caligrafía, bien recibida, pero exigía un aula más, lo que complicaba más la angustiosa situación.

Esta circunstancia dio pié al Claustro a tomar la decisión de exponer al Sr. Ministro la situación de precariedad y de angustia por la que estaban pasando, esperando que desde arriba se tomara una determinación, porque aquello era ya inviable. El ministro envía al Subsecretario del Ministerio a Valladolid para que se adopte in situ la solución más conveniente. Es entonces cuando se decide que se traslade el Instituto al piso principal del Colegio de San Gregorio. El 1 de octubre de 1901 se inaugura el curso, pero no se produce el traslado a San Gregorio hasta el 10 de enero de 1902, mientras tanto los alumnos continúan diseminados por la Universidad, la Escuela de Comercio y la Escuela Normal. En San Gregorio estarán hasta que ocupen el nuevo Instituto en 1907. Destaca D. Policarpo Mingote el buen comportamiento de los alumnos, durante casi cinco años, que moviéndose por la galería y el patio cargados de arte no causaron ningún desperfecto.

A raíz del cierre de la Hospedería, en enero de 1901, ante la presión del Claustro de Profesores, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de la ciudad toman la decisión de enviar a Madrid a una Comisión de diputados y concejales para entrevistarse con el Sr. Muro y otros diputados, que de la mano de D. Germán Gamazo serán presentados al presidente del gobierno, Sr. Azcárraga. Gamazo le expone la precariedad del Instituto de Valladolid y el Sr. Azcárraga contesta con unas palabras esperanzadoras: “los dignísimos representantes de la provincia y del pueblo de Valladolid piden con sobrada razón, y el gobierno que presido se honrará aconsejando a S. M. los medios para que consigan todos su razonable deseo. El Sr. Gamazo, querido y respetable amigo mío, que les presenta a Uds., es para el gobierno de S. M. la mayor de las garantías”.

El entonces ministro de Instrucción, D. Antonio García Alix, se encargará personalmente de agilizar los trámites y logra que se apruebe un Real Decreto, que dice en el art. 1º: “Por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes se procederá a la construcción de un edificio con destino a Instituto de segunda enseñanza en Valladolid, en el terreno ofrecido por la Diputación provincial, y con arreglo al proyecto y presupuesto que se formule por el Arquitecto de dicha Corporación y sea debidamente aprobado, previas las formalidades reglamentarias”.

Sin más tardanza, el Claustro redacta un anteproyecto con la “lista de necesidades”, que D. Policarpo Mingote recoge en 15 puntos y que se pueden leer en su tratado sobre “El Nuevo Instituto de Valladolid” (Valladolid, 1908, págs. 12-14). El anteproyecto será objeto de estudio por el arquitecto provincial, D. Teodosio Torres. Se hizo todo con tal diligencia, que el 8 de febrero de 1901 llegaba al Ministerio de Instrucción Pública el proyecto de Instituto de segunda enseñanza de Valladolid.


III. INCERTIDUMBRE CARGADA DE ESPERANZA


En el mes de marzo se produce un cambio de gobierno, los liberales sustituyen a los conservadores. El gobierno será presidido por Sagasta, que nombrará ministro de Instrucción Pública al conde de Romanones, Álvaro Figueroa. Durante año y medio, hasta septiembre de 1902, el expediente estuvo paralizado, lo que añadió más incertidumbre y angustia a todo el proceso, esperando que se abriera una nueva puerta a la esperanza. Es en esta circunstancia cuando se cruza en el camino el valedor y protector de la causa, el diputado por Valladolid, Santiago Alba, que asume el proyecto como algo personal y consigue que el 11 de noviembre de 1902 el ministerio publique el Real Decreto en los siguientes términos:

Art. 1º. Se aprueba, de conformidad con el dictamen de la Junta de construcciones civiles, el proyecto de un edificio en Valladolid para Instituto General y Técnico, formulado por el Arquitecto D. Teodosio Torres, cuyo presupuesto asciende a la cantidad de cuatrocientas ochenta y cuatro mil cuarenta y nueve pesetas, treinta y ocho céntimos.

Art. 2º. Las obras se llevarán a cabo por el sistema de contrata.

Art. 3º. Se autoriza a la Subsecretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes para que anuncie la subasta.

(Dado en Palacio a once de Noviembre de mil novecientos dos. Alfonso. El ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Álvaro Figueroa).

El 22 de diciembre el Claustro de Profesores recibía la noticia de la subasta de las obras y su adjudicación al constructor, D. Tomás Tercero García, según una Real Orden, que dice: “Vista el acta de subasta de las obras de construcción de un edificio con destino a Instituto general y técnico de Valladolid levantada por el Notario de esta Corte, don José M. Martín Martín, y resultando de su examen que entre las proposiciones presentadas es la más ventajosa para los intereses del Estado la suscrita por D. Tomás Tercero García, S. M. el Rey (q. D. g ) ha tenido a bien disponer que se le adjudique definitivamente la contrata de dicho servicio al mencionado D. Tomás Tercero García, el cual se compromete a tomarlos a su cargo por la cantidad de cuatrocientas cuarenta y nueve mil novecientas noventa y cinco pesetas, cuya suma se abonará con cargo al crédito de construcciones civiles en el presupuesto de gastos de este Ministerio, etc.El Subsecretario, Casa Laiglesia.”


IV. EL SUEÑO HECHO REALIDAD


El buen hacer de Germán Gamazo y de Santiago Alba, sin excluir a otros, surtió el efecto deseado y en el mes de febrero de 1903 se tramitaron todas las gestiones para iniciar las obras con carácter definitivo. El día 20 se hizo entrega oficial del solar denominado “Corralón de San Pablo” por parte de la Diputación. El día 21 se constituyó la Junta Inspectora, presidida por D. Policarpo Mingote, director del Instituto, con otros dos profesores, uno de la Sección de Letras, D. Pedro Muñoz Peña, y otro de la Sección De Ciencias, D. Bartolomé Pons Meri. El día 25, la Junta Inspectora, el arquitecto, D. Teodosio Torres, y el contratista, D. Tomás Tercero, se trasladaron al “Corralón” para hacer entrega del solar al contratista y proceder al inicio de los trabajos.

Por fin, en este solar de dos hectáreas, se empieza a levantar el tan deseado y soñado Instituto General y Técnico de Valladolid, uno de los más emblemáticos de los Institutos españoles de principios de siglo.

Lo presupuestado por el Estado para obras nuevas del Ministerio de Instrucción nunca satisfacían las necesidades reales, unas veces porque el presupuesto no alcanzaba para todos y, otras veces, porque se cerraba un ejercicio y había que esperar al del año siguiente, con lo cual la amenaza de paralización de obra por un tiempo pesaba como una espada de Damocles. Se temió que se paralizaran las obras durante un año, precisamente por un problema de presupuestos. Pero, otra vez, la intervención providencial de D. Santiago Alba logra que se apruebe un presupuesto adicional de 134.521,81 ptas., sin necesidad de esperar a un nuevo ejercicio, con lo cual las obras siguieron su curso, sin interrupción.

Al iniciarse el año 1907, la Junta Inspectora con el arquitecto Sr. Torres, presentan un proyecto para material que conllevaba un presupuesto añadido de 53.168,01 ptas. Para ello se contó con la mediación de otro vallisoletano, D. César Silió, diputado a Cortes y Subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes en esa fecha.

Finalmente, relata D. Policarpo Mingote , en la lista de necesidades acordada por el Claustro se incluía la casa del Portero, independiente del edificio principal y en comunicación con la plaza de San Pablo, que se levantará sobre un antiguo edificio particular adosado a la verja de cerramiento, expropiado por el Ayuntamiento. La cantidad presupuestada fue de 7.450,18 ptas., que se aprobó el 9 de junio de 1907.

El total de las obras del Instituto asciende a la cantidad de 679.189,38 ptas, desglosada de la siguiente manera:

Presupuesto primitivo.................................. 484.049,38

Adicional...................................................... 134.521,81

Material fijo.................................................. 53.168,01

Pabellón adicional......................................... 7.450,18

Mientras las obras avanzaban, la situación de precariedad en el ex - convento de San Gregorio desde enero de 1902 cada vez era mayor; hasta tuvieron que presenciar en marzo de 1906 el derrumbe de la cubierta de un pabellón en el que estaban instaladas las clases de Caligrafía y Dibujo. Ante esta situación, el Claustro se plantea la posibilidad de solicitar al Ministerio la utilización del nuevo edificio del Instituto, siempre que el informe del arquitecto y del contratista sea favorable, dado que todavía faltaban detalles, como p. e. el material de los laboratorios y el pabellón adicional. A la solicitud contesta favorablemente el Subsecretario de Instrucción, D. César Silió, permitiendo que el 2 de octubre de 1907 se inaugure el curso en el nuevo edificio. Las obras se dieron por finalizadas el 13 de marzo de 1908 y entregadas el día 26 de marzo.

Con motivo de la inauguración, el 2 de octubre de 1907, nos relata D. Policarpo que se hicieron algunas adaptaciones en el Paraninfo con algún elemento ornamental, entre los que destaca el retrato de S. M. el Rey, D. Alfonso XIII (q. D. g.) y una lápida de mármol blanco con la siguiente inscripción:

D. O. M.

ANNO – DOMINI – MCMVII

ILDEFONSO – XIII – REGE

PERFECTA – EST – HAEC – INSTITUTIONIS – DOMUS

EN NOMBRE DE DIOS OMNIPOTENTE Y MISERICORDIOSO

EN EL AÑO 1907

REINANDO ALFONSO XIII

SE ACABÓ DE CONSTRUIR ESTA CASA DE ENSEÑANZA

También se colocaron los bustos en alto relieve de los ministros de Instrucción Pública y Bellas Artes , D. Antonio García Alix y D. Álvaro Figueroa, el primero que autorizó el proyecto y el segundo la subasta de las obras.

En la inauguración oficial el Director, D. Policarpo Mingote, pronunció un largo y sentido discurso del que merece la pena recoger un par de párrafos para darse cuenta de cómo sentían y valoraban la Segunda enseñanza y la trascendencia que tenía. Dice textualmente: “La labor ha sido ruda pero fecunda: aquellos estudios de Latín, Humanidades y Filosofía, en poco más de medio siglo, se han transformado en los actuales Institutos y aquellos Institutos que organizó Moyano, el inolvidable Moyano, gracias al talento y a la buena voluntad de los ministros de Fomento y de Instrucción Pública, de preparatorios que fueron para el ingreso en los estudios superiores, se han convertido en generales y técnicos, es decir, centros de cultura en los cuales se habilitan para luchar por la existencia y trabajar en las diferentes esferas de la civilización, los jóvenes de todas las clases y categorías sociales, el verdadero nervio nacional; que en los bancos de nuestras cátedras se sientan confundidos en la más hermosa de las democracias, la democracia de los intelectuales, el hijo del industrial, del comerciante, del militar o del prócer, el del labrador que fertiliza la madre tierra con el sudor de su frente o el del legislador que en el Parlamento elabora las leyes para el funcionamiento de la vida nacional; todos, en suma, cuantos andando los tiempos habrán de convertirse en clases directoras de nuestra sociedad.

Así son hoy nuestros Institutos; por eso necesitan para el desenvolvimiento de sus enseñanzas edificios como el que inauguramos, edificios que respondan al fin para el cual han sido construidos”.

Más adelante dice cómo han ido surgiendo “casi de improviso, edificaciones apropiadas para el ejercicio de nuestra Segunda enseñanza y de una arquitectura nueva en España, de una arquitectura que pudiéramos llamar universitaria, cuyos primeros ejemplares han sido los Institutos de Orense, La Coruña, San Sebastián y Logroño, y cuyo modelo para el porvenir lo será seguramente este de Valladolid............ Y el edificio responde no sólo a las necesidades presentes de la Segunda enseñanza sino a las del porvenir..... En cuanto al material, se ha tenido en cuenta el de otros Institutos y cuantas indicaciones aconseja la Pedagogía moderna, extranjera y nacional.” ( P. Mingote, op. cit. pags. 32-36).


V. LA ENSEÑANZA A PRINCIPIOS DE SIGLO


El contexto en el que surge el nuevo Instituto nos lleva al deseo de una reforma educativa moderna, que coincide con la creación en 1900 del ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, gobernando los moderados y con García Alix en el ministerio. Este mostró un entusiasmo y una fe inquebrantable en la enseñanza oficial tal como lo manifiestan unas declaraciones que invitan a la reflexión: “La libertad de enseñanza en nuestro país se ha convertido en un mercantilismo reprobable. La moda, el capricho, la propaganda interesada, han apartado a los hijos de nuestras clases elevadas y acomodadas de nuestros centros oficiales; los impulsan hacia los colegios de instrucción y de carácter privado que, por razón de dicha incorporación, secan como la hiedra el tronco de la enseñanza oficial”. No cabe duda de que esta forma de pensar despertaba desasosiego en los sectores más tradicionalistas, en el episcopado español y en el moderantismo porque aquello no parecía propio de un ministro conservador. Pero convencido de que el Estado debía asumir la responsabilidad de la Instrucción sacó en julio de 1900 un Real Decreto sobre la Segunda enseñanza en estos términos: “En esta reforma, como en todas las que se vienen realizando y han de realizarse, el ministro que suscribe tiene un pensamiento firme, persigue con tenacidad el propósito de enaltecer la enseñanza oficial; constituir la personalidad académica y jurídica de los centros docentes; relacionar para el fin de la cultura, el pasado con el presente, a fin de preparar un porvenir de resultados más beneficiosos y prácticos; dar a la obra de la enseñanza, como grande y principal objetivo el mantener y, si es preciso, formar el carácter nacional”.

Aquí deja entrever el ministro que ha llegado el momento de compaginar estudios clásicos y técnicos, con materias técnicas y humanísticas, es decir, está apuntando a dos modelos de bachillerato. Solamente permanecerá en el ministerio 11 meses, pero su reforma no va a quedar paralizada. En marzo de 1901 llegan al poder los liberales con Sagasta como presidente del gobierno, que nombra a Álvaro Figueroa, conde de Romanones, ministro de Instrucción Pública. El nuevo ministro, siendo diputado en la oposición, pronunció un discurso premonitorio de la línea que tenía que seguir la enseñanza en España en lo que se refiere a la oficialidad: “El problema de la enseñanza tiene dos puntos principales: el de la enseñanza oficial y el de la enseñanza privada. Nosotros tenemos que defender como principio, para robustecerla y dignificarla, la enseñanza oficial; no porque creamos que la tutela del Estado en la enseñanza deba ser omnímoda, sino por entender que el Estado debe ampararla y engrandecerla para bien de la cultura y del progreso del país”.

La preocupación mostrada, tanto por conservadores como García Alix, como por liberales como Romanones a principios de siglo, pone de manifiesto el deseo de hacer de la enseñanza oficial y pública el vehículo para la modernización del país tal como venían insistiendo los regeneracionistas, los de la Institución Libre de Enseñanza y, en buena medida, los hombres del 98.

Se lamenta Romanones de la desorganización de los estudios de la enseñanza media, víctima de tantos planes que acabaron por desvirtuarla. Por eso, no duda en asumir el proyecto de García Alix, convencido de que la enseñanza no puede estar sometida a vaivenes partidistas. Merece un reconocimiento la actitud del nuevo ministro, respetando la reforma propuesta por el ministro anterior, a pesar de pertenecer a formaciones políticas distintas, uno conservador y el otro liberal. También llovieron las críticas sobre Romanones de parte de un sector de conservadores recalcitrantes, además del clericalismo antiliberal, que atenazaba a aquella sociedad.

El ministro tiene una visión clara de la situación; por una parte cree, que no se puede continuar con los presupuestos estatales de miseria dedicados a la educación, que nos alejan de otros países europeos, con los que no nos podemos comparar; por otra parte, considera que ha llegado el momento de reconocer públicamente la labor de los docentes y maestros, asignándolos un salario digno. Por eso y, a pesar de una oposición que le torpedea, Romanones se empeña en sacar adelante un proyecto de ley que defiende con ahínco: “Mi finalidad se reduce a una sola cosa: tener maestros. Para eso quiero ante todo que se les pague, porque mientras no se les pague, no se podrá tener maestros: carecemos del factor esencial para la educación nacional, tal es mi plan y me parece que no puede ser más sencillo ni más absoluto”.

Su objetivo era que los docentes dependieran del Estado y se desligaran, de una vez por todas, de los caciques locales. Así se entiende la feroz resistencia que generaron las nuevas medidas del ministro. Pero su proyecto es todavía más ambicioso, regular las enseñanzas técnicas con una nueva ordenación, separándolas del bachillerato con autonomía propia; sin embargo, la penuria económica se lo impide. Esta es la razón por la que los centros estatales de bachillerato se transformaron en Institutos Generales y Técnicos, denominación con la que se creó en nuevo Instituto de Valladolid.

Los textos que aparecen entrecomillados en este apartado se encuentran en el libro de Manuel Puelles Benítez: “Educación e ideología en la España contemporánea”, (Edit. Labor, Barcelona,1980, pgs. 244-256).